El camino hasta Clermont – La Iglesia en el siglo XI

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Cuando Urbano II inició su predicación en Clermont tenía, como Papa de la iglesia católica, una autoridad que no habían tenido sus antecesores en el cargo. O al menos en un grado de intensidad que sólo a lo largo de las últimas décadas habían logrado reunir. Y es que el Papado del año 1000 no tenía nada que ver con el Papado del 1100. Por el camino, se habían intensificado las reformas de orden interno y externo, las disputas con los distintos poderes temporales de Europa y la lucha por la supremacía de la representación religiosa. Atrás quedaban los años más oscuros del Papado.

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Urbano II llegando a Clermont (izquierda) y durante el concilio (derecha). Manuscrito francés de principios del XIV

 

Así, en Clermont, el representante de la Iglesia católica que se presentaba ante un auditorio mixto de elementos eclesiásticos y caballeros de la región lo hacía con una autoridad relativamente nueva, al alcance sólo de sus predecesores más inmediatos, y que se había configurado desde mediados de siglo en un proceso complejo y no libre de fuertes tensiones. La propia difusión de la predicación de Urbano II y del ideal de Cruzada ya nos indica el cambio de intensidad en la capacidad de la Iglesia para comunicar sus discursos. Predicaciones, misivas, discursos, legados, sínodos, reuniones… todo jugaba a favor de la nueva capacidad comunicativa del Papado.

Los manuales de historia eclesiástica son claros en calificar a la reforma gregoriana (¿deberíamos, más bien, hablar de revolución gregoriana?) como uno de los hitos claves en la consolidación del poder de la Iglesia. Aunque el propio nombre contribuya a personalizar en Gregorio VII el motor de los cambios, lo cierto es que ya sus antecesores inmediatos, a partir de los años centrales del siglo XI, hicieron de la reforma interna y externa de la Iglesia su razón de ser. Así, desde 1050 en adelante veremos ir tomando forma a toda una serie de medidas encaminadas a romper con el mundo laico. Desde la reforma monástica hasta la institución del celibato o la lucha contra la simonía y el reparto de cargos eclesiásticos  ¿El objetivo? Hacer de la Iglesia centrada en el Papa una corporación jurídicamente cerrada, desgajada de las tentaciones del poder laico. Acabar, en definitiva, con la vieja visión de las Dos Espadas (la blandida por el Papa y la blandida por el emperador) que había definido las relaciones, casi simbióticas a veces, Papado-Imperio en los siglos anteriores y avanzar hacia la supremacía incontestable del poder espiritual sobre el temporal.

Planteado el asunto en estos términos es evidente que la postura de los emperadores no fue precisamente la de mirar con buenos ojos los intentos de crear un “cuerpo” eclesiástico cerrado ajeno a la, por llamarlo de algún modo, relación dialéctica de tú a tú con el mundo laico y sus representantes. El premio en juego era suculento, lo que por sí mismo explica la escalada de tensión entre ambas posturas una vez iniciado el conflicto. El control de los nombramientos eclesiásticos, cuando hacía ya varias generaciones que el catolicismo había podido por fin afianzarse en el territorio de manera efectiva, más allá de los ambientes urbanos, era uno de los caballos de batalla. Por el control de las rentas eclesiásticas, para qué negarlo, pero también por el control territorial que las redes parroquiales permitían. La escenificación de las tensiones giraba, como no podía ser de otra manera, en una acción pública; un gesto, si se quiere. La investidura.

Miniatura del Códice Jenensis Bose (1157) que representa la expulsión de Gregorio VII por el emperador Enrique IV y el antipapa Clemente III, en uno de los momentos álgidos de la Querella de las Investiduras

 

¿Quién debía investir en su cargo a un sacerdote que detentara un feudo laico? ¿Qué ocurría cuando un laico recibía un feudo eclesiástico bajo dominio del emperador? ¿Quedaba automáticamente consagrado como clérigo, en tanto en cuanto que pasaba a detentar un dominio eclesiástico? ¿Y al revés, cuándo un obispo recibía un feudo laico, debía someterse en todo a su nuevo señor? ¿El emperador, o los reyes, máximas autoridades en sus dominios, habían de renunciar a poder nombrar a unos oficiales eclesiásticos que, en casi todo, se comportaban como laicos en la gestión de sus patrimonios y recursos? Como veis, el asunto de las investiduras y de quién, cómo, cuándo y por qué tenía la potestas de investir clérigos se encontraba en el centro de las polémicas entre Papado, Imperio y la necesidad de ambos de reafirmarse en sus mecanismos de poder.

Se conoce a esta lucha como la Querella de las Investiduras. Ocurrida entre finales del siglo XI y principios del XII se solapa con las intensas reformas del Papado y con su nueva autoridad moral, que llevará al éxito de la predicación en Clermont. El grueso de las reformas de Gregorio VII caminaban en esa dirección: al celibato eclesiástico le siguieron varios decretos sobre la simonía y la compraventa de cargos eclesiásticos. Que estos decretos se promulgaran sólo en el Imperio y no en los distintos reinos cristianos nos indica a las claras de lo que se estaba poniendo sobre la mesa. De hecho, Roma sabrá atraerse a los distintos reyes europeos, siempre deseosos de desvincularse de la tutela imperial. Así, no nos ha de extrañar la sumisión a Roma que entre finales del siglo XI y sobre todo a partir del XII hicieron condes como el de Barcelona, pero también reyes como los de Aragón, Hungría, Polonia, Navarra, Castilla o Portugal. La dualidad de las dos espadas estaba más que rota.

Con todo, la relación entre el Papado y los distintos reinos no estaba, en todos los casos, todavía convenientemente fijada. No hay que olvidar que durante el propio concilio de Clermont, Urbano II había confirmado la excomunión del rey de Francia por su matrimonio con Bertranda de Montfort. Otro ejemplo de cómo el Papado pretendía imponerse a los dirigentes laicos en todos los aspectos de su vida, haciendo de la moral matrimonial uno de los puntos calientes de esta disputa.

Estas tensiones explicarán, de hecho, una de la victorias comunicativas de la predicación de la Cruzada. Sin el emperador, sin los reyes, la nobleza y los caballeros (que no son siempre necesariamente lo mismo) se convierten en el interlocutor válido. En el receptor de un mensaje enviado por el Papado, la autoridad europea en auge, especialmente diseñado para dignificar, como veremos en otra entrada, la forma de vida y la visión del mundo de estos elementos guerreros.

Pero eso es otra historia.

 

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