Falsificadores de moneda – Del siglo XV al siglo XXI

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Parece que últimamente la actualidad me obliga a rescatar temas. Si a principios de semana hablábamos sobre desahucios paralizados en la Barcelona de 1391, la prensa de hoy amanece con una noticia que me pide rescatar un tema sobre el que reflexioné hace años: el de los falsificadores de moneda. La noticia en cuestión es ésta: a causa de unas monedas conmemorativas auspiciadas por la Generalitat de Catalunya se rescata el fantasma de la falsificación de moneda, uno de los miedos recurrentes en la Baja Edad Media y en la Época Moderna europeas.

Y es que, aunque a día de hoy nos parezca un delito más, el de falsificar moneda no lo era en absoluto. Era percibido por el rey y su administración como un problema bien gordo. Por ejemplo, como cuando Alfonso el Magnánimo ordenaba que se actuara contra los acusados “de fabricació de falsa moneda, per lo qual nostre reyal majestat, e encara tota la cosa pública de nostres regnes e terres, són molt leses e prenen dan irreperable” [de fabricar falsa moneda, hecho por el cual nuestra real majestad y toda la cosa pública de nuestros reinos y tierras son muy dañados y sufren un daño irreparable]. Vamos, que el hecho de falsificar moneda atacaba directamente a las atribuciones del monarca, en la esencia de su personalidad pública – política -. Y eso siempre jode.

Tanto dolía que el delito de falsificar moneda hacía generaciones que estaba en la lista de delitos no perdonables a aquellos que se enrolaban en los ejércitos del rey ( a quienes se perdonaban las deudas y los delitos comunes). Así, se perdonaban todos los crímenes “exceptat que no sien vares traydors, heretges, sodomites, ladres publichs, trenchadors de camins o fabricadors de falsa moneda, o en altra manera no haien comès crim de lesa magestat”. Vamos, que a los falsificadores de moneda se les ponía en el mismo saco que a los traidores, los herejes, los sodomitas, los asaltantes de caminos y los que cometían crímenes de lesa majestad. ¡Ahí es nada! ¿Y qué tenían en común todos estos delitos? Pues que atentaban contra lo mismo; contra la noción de Orden, ya fuera político, en el caso de los traidores, divino, en el caso de los herejes, natural (sic) en el caso de los sodomitas, o político, en el caso de los ladrones públicos y aquellos, como los falsificadores, que atentaban contra la persona del rey.

Y es que el delito de falsificar moneda era, hay que reconocerlo, un crimen atípico en la época. No era percibido por un delito por el común de la gente, que incluso podía llegar a verlo con buenos ojos  (¿dinero fresquito circulando barato? ¡Póngame tres kilos, por favor!) y desde luego, no intervenía en la persecución de los falsificadores sino que más bien miraba para otro lado cuando los oficiales reales llegaban haciendo preguntas incómodas.

Así se explica, en parte, los intentos de la monarquía de criminalizar al infractor de todas las maneras posibles, incluso asimilando el delito de falsificación con otros “similares” en cuanto a contenido moral, como el rapto de niñas o el robo de libros sagrados (todo, si os fijáis, infracciones contra el orden natural de las cosas). ¿Os acordáis de aquella campaña contra las descargas ilegales que presentaba a un chaval encapuchado, con pinta de terrible y oscuro delincuente cual villano de película de segunda, descargando películas? Pues eso…

Falsificación de monedas - delito - piratería

En fin, para no extenderme más, os dejo el enlace a un artículo que publiqué hace tiempo sobre el tema en el I Congreso de Jóvenes Medievalistas Ciudad de Cáceres, con el título La construcción del delito. Notas sobre los falsificadores de moneda a inicios del reinado de Alfonso el Magnánimo (1426-1430)  y en el que podréis encontrar más detalles de todo esto. Aquí tenéis el enlace (páginas 290-313)

 

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