El negocio de los souvenirs: de viejo que es parece nuevo

    Ayer volvimos a jugar con una imagen a través del Facebook de Entre historias. Como la otra vez, propuse una imagen con varias opciones sobre qué era.

    Como acostumbro a hacer, las soluciones propuestas eran lo suficientemente diferentes y estrambóticas para que requiriera más intuición que suerte. Eran: un florero, un aguamanil, una botellita de licor, un souvenir o unas castañuelas medievales. No me negaréis que, al menos, forma de todo eso puede llegar a tener. ¿O no? Veámosla:

    “Ampulla” de peregrino de origen sirio, dedicada a San Sergio, del siglo VI, procedente de Sergiopolis (actual Resafa)

     

    Pues bien, la imagen en cuestión es, ni más ni menos, que un souvenir. ¿Comprado dónde? En la Siria del siglo VI dC. ¿O os pensábais que el traerse recuerdos pintorescos de los viajes era una moda moderna? ¡En absoluto! Ya desde la Antigüedad Tardía las peregrinaciones a Oriente trayeron consigo la circulación de recuerdos y regalos  hacia Occidente de una manera masiva. A raíz de la aceptación del Cristianismo como religión pública, los viajes con motivos turistico-religioso aumentaron considerablemente. Las primeras peregrinaciones, como la de Egeria, una monja asturiana de la que ya hablaremos otro día,  nos retrotraen a finales del siglo IV dC, aunque el fenómeno fue en aumento en generaciones posteriores, en consonancia a las nuevas realidades de la religiosidad europea.

    El objeto de la imagen es una ampulla para peregrinos procedente de Siria, concretamente del santuario de San Sergio. Con un tamaño de apenas unos centímetros (el de la imagen mide 5,4 de alto, 3,81 de ancho y 0,6 de grosor) estas ampullae llevaban en su interior algún líquido sagrado, que bien podía ser agua bendita o óleo, o algún recuerdo de la peregrinación, como agua de algún río o arena de algún lugar emblemático. La de la imagen, como se puede ver, lleva también una representación del santo en cuestión.

    Aunque pueda parecer lo contrario, hoy en día se conserva un número bastante importante de estas ampullae de peregrinos para la Antigüedad Tardía, casi todas ellas de los siglos VI-VII. La colección de referencia es la de la catedral de Monza, en Italia, que cuenta con una treinta larga de ampullae de la época, entregada a la catedral en su día por Teolinda, reina de los lombardos. No lejos de Monza, en Bobbio, se conservan aún hoy otros diez ejemplares de esos siglos y, fuera de Italia, hay algunos ejemplares dispersos en museos alemanes o de Estados Unidos. Cataluña cuenta también con una ampulla, procedente de la iglesia de Sant Pere de Casserres, hoy en manos de un coleccionista privado, sobre la que podeis leer – y ver – aquí, que parece algo posterior a las de Monza y fabricada en Jerusalén.

    Otro día hablaremos de los souvenirs cruzados, otro tema fascinante que nos recuerda que hay cosas que – se hagan montado a caballo o en chanclas playeras – a veces no cambian tanto como creemos.

     

     

     

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